Narciso Benbenaste / Juan Jorge Michel Fariña
¿Cuál es el destino de las minorías lingüísticas en el mundo actual?
El lenguaje, o capacidad que tiene el organismo humano, para simbolizar, se ejerce tanto a través de la organización interior como en manifestaciones externas; entre estas últimas, la producción de sonidos ocupa un lugar privilegiado. La lengua «materna» se sobreimprime a esa producción básica de sonidos, seleccionando aquéllos que devendrán fonemas, esto es, significantes a compartir con los demás hablantes de la colectividad lingüística.
Por sustentarse la lengua en el lenguaje, los sonidos seleccionados como fonemas pueden jugar un papel significante. A través de este proceso entre lengua y posibilidades del lenguaje, la primera sirve como normatizadora de la erotización que los adultos ejercen sobre sus hijos; cada infante, al devenir sujeto de la misma lengua, utilizará a su vez las posibilidades simbolizantes de ese lenguaje. Los sonidos seleccionados fonemas no presentan una relación evidente con los referentes empíricos de los conceptos que nombran. En su génesis antropológica, los fonemas probablemente surgieron como diferenciaciones discretas de las posibilidades más intensas de sentir al otro.
Con el constante aumento de la reproducción y comprensión del mundo, así como la correlativa diferenciación de las relaciones entre los seres humanos, la combinación de fonemas se fue ampliando para nombrar nuevos conceptos. La consecuencia es que la capacidad significante del sujeto se distribuye en mayor cantidad de efectos significantes a ser representados. Esta pérdida relativa de la intensidad significante de cada una de las antiguas conformaciones de combinacio- nes fonemáticas, se compensa sólo si se guarda una relación de sentido entre las nuevas representaciones y las primitivas.
Ahora bien, debido a la incorporación casi compulsiva de los nuevos desarrollos conceptuales -de vigencia mundial- que las distintas lenguas experimentan, las nuevas combinaciones fonemáticas para nombrar estas representaciones tienen un menor efecto significante que los conjuntos fonemáticos que soportaban las representaciones más tradicionales de la colectividad. Los fonemas para nombrar los nuevos conceptos producidos fuera de la colectividad lingüística, no resultan de una diferenciación de cómo sentir al otro en el desarrollo productivo, sino de una adscripción mucho más convencional, y por tanto con poco efecto de senti- do para el sujeto de la lengua.
Con el tipo de desarrollo signado por la universalización del mercado, el aumento de las oportunidades de los sujetos para representar son producidas e impuestas desde fuera de la lengua. El sujeto se va escindiendo entre el sentir, ocasionado por los fonemas de su lengua, y los magros efectos de sentido que experimenta frente a una semántica que proviene de la asimilación de las producciones conceptuales cosmopolitas o desarrollados en la lengua mundialmente dominante. Esa nueva diferenciación, entre la modulación significante de la lengua, esto es los fonemas, y la semántica, ocasionada por la mediatización que el mercado mundial ejerce sobre las lenguas, provoca en cada sujeto un debilitamiento, un grado de disociación entre su carácter de sujeto de sentido y su carácter de sujeto semántico-social.
Por otra parte, el propio desarrollo tecnológico genera sus síntomas aberrantes, una de cuyas expresiones son los programas llamados de "traducción automática", cuyos algoritmos funcionan en el nivel del código y representan una amenaza para las lenguas, aun cuando se los presenta al ojo desprevenido como el puente ideal entre ellas. El psicoanálisis francés contemporáneo ha percibido tempranamente los riesgos de este asedio al crear el neologismo "lalengua" (lalangue), para subrayar su importancia y reemplazar a las equívocas expresiones "lenguas naturales", "lengua corriente", etc. En realidad, lalengua se identifica con el concepto de "lengua materna", y es radicalmente opuesto al de "lenguas nacionales"; éstas, surgidas como imposición compulsiva para lograr la unificación nacional del Estado, son consonantes con los intercambios de objetos y el valor mercantil dominante.
El italiano, por ejemplo, se ha impuesto como idioma nacional por sobre los dialectos regionales; pero estos últimos no han desaparecido: se mantienen vivos, trasmitidos de generación en generación como la vía regia para las manifestaciones eróticas de sus hablantes. A su vez, en el territorio italiano viven otras minorías de lengua alemana, francesa y ladina (los ladino-friulianos), además de minorías albanesas, catalanas, griegas, servo- croatas, eslovenas, la más numerosa de las cuales, aunque no reconocida por todos los estudiosos, es la minoría sarda. La lengua nacional y los dialectos y lenguas regionales (lalengua) tienen, entonces, una larga historia de opresiones y resistencia, cuyo destino final es incierto; hay quienes anticipan un triunfo de lalengua por ser ella la que termina uniendo el lenguaje bello y el argot.
Pero la ofensiva de la lengua nacional es solidaria con la del Mercado y se nutre permanentemente en él, acelerando los procesos de standarización. Tal como se señaló más arriba, la propia lengua nacional se transforma al ritmo de la producción conceptual del idioma dominante a nivel mundial generando una doble subordinación de la lengua a los imperativos de la producción tecnológica.
Cuidar las lenguas es, en esta perspectiva, una síntesis admirable de como los Derechos Humanos de una minoría puntual aseguran el porvenir, en la reivindicación de lo simbólico, de la humanidad entera.