Investigación
Terapia en tiempos de crisis: ética y estética del trueque

Juan Jorge Michel Fariña

¿Puede un analista recibir como pago por sus servicios terapéuticos otros bienes en lugar de dinero? ¿Es el trueque objetable éticamente como modalidad de la práctica del psicoanálisis?

Hace tiempo, una alumna me planteó el caso de un terapeuta que en el trueque de Palermo Sensible tomó en tratamiento a una mujer, dueña de una agencia de viajes, a cambio de un pasaje a Italia para visitar a sus hijos que vivían allí con su ex mujer. En su relato, la alumna consignaba algunas de las dificultades por las que habían atravesado tanto el análisis como el viaje con el que se abonaron las sesiones, objetando éticamente la conducta del profesional. Se basaba para ello en el texto del Código de Etica de los psicólogos de los Estados Unidos -todavía no existía el de APBA ni el más reciente de la Federación de Psicólogos de la República Argentina-, cuya traducción completa al español acabábamos de publicar, y que en su apartado 1.18 establece:

Habitualmente los psicólogos se abstienen de aceptar bienes, servicios u otras remuneraciones no monetarias de sus pacientes o clientes a cambio de servicios terapéuticos, debido a que tales acuerdos crean un potencial inherente para conflictos, aprovechamiento y distorsión de la relación profesional. Un psicólogo puede participar de trueque sólo si (1) no está clínicamente contraindicado, y (2) la relación no es de aprovechamiento o explotación. [1]

Texto sumamente interesante, ya que originado en una sociedad considerada el paradigma del Mercado, contempla perfectamente la práctica del trueque pero imponiéndole dos condiciones eminentemente clínicas. Estas dos condiciones, sobre las que volveremos más adelante, ubican la normativa general en el terreno del caso por caso.

Es que, efectivamente, en los Estados Unidos hay psicólogos que trabajan en pequeños pueblos y que están habituados a manejarse con el sistema de trueque en sus actividades profesionales. Ellos saben bien que es la única forma en que pacientes carenciados pueden acceder a sus servicios terapéuticos, especialmente las familias rurales, que también allá atraviesan frecuentes crisis económicas. En ese contexto, es habitual que los pacientes paguen su psicoterapia con pollos, cortes de carnes, madera, e
incluso maquinaria agrícola. La gran mayoría de esos psicólogos son sumamente cuidadosos al declarar sus ingresos, completando el formulario 1099-B, especialmente diseñado para los casos de trueque, y cada año pagan escrupulosamente sus impuestos.

Semejantes recaudos formales no son sin embargo garantía. Un psicólogo tomó en tratamiento a un paciente maníaco depresivo. El hombre era techista de profesión y no tenía dinero pero estaba dispuesto a pagar el tratamiento con su trabajo. El terapeuta estaba buscando desde hacía tiempo una persona que arreglara el tejado de su casa y consideró que el acuerdo podía ser beneficioso para ambas partes. Sin embargo, cuando el paciente comenzó a reparar el techo, entró en un florido estado maníaco, trabajando hasta altas horas de la noche y corriendo riesgos innecesarios hasta que finalmente se cayó, rompiéndose el cuello. El terapeuta debió recogerlo de su propio jardín y llevarlo en auto varios kilómetros hasta el hospital más cercano donde permaneció internado en la sala de emergencias. Como era de esperar, el incidente tuvo repercusiones negativas en la relación terapéutica. El paciente desarrolló sentimientos negativos hacia el profesional, culpándolo de lo sucedido e interrumpiendo abruptamente el tratamiento. [2]

En Argentina, la modalidad del trueque está creciendo en razón directa a la profundización de la crisis económica. La escasez de dólares y la iliquidez generalizada son sólo la punta de un iceberg que delata mucho más que la impotencia de la última media docena de gobiernos y que
alcanza al régimen en su conjunto. ¿Qué es el dinero? se pregunta razonablemente la gente cuando el Banco Central ha dejado de ser garante de sus depósitos, o cuando directamente la remarcación de precios indica que el papel moneda va dejando de tener respaldo del tesoro de la Nación.

En este contexto, en el que millones de argentinos han sido arrojados del sistema a formas semifeudales o de un inesperado comunismo primitivo, la gente está haciendo un curso acelerado de economía, retomando la esencia del valor, enunciada hace un siglo y medio por Carlos Marx: el trabajo socialmente necesario. Eso y no otra cosa supone la economía del trueque.

Calculando la cantidad de horas de trabajo humano que en promedio está contenido en un determinado producto, se establece su valor de cambio, es decir, la cantidad y calidad de otros objetos por los que puede ser permutado. En las grandes ferias de trueque que se multiplican en la Provincia de Buenos Aires, cada objeto lleva un carte- lito con una cifra expresada en "créditos", suerte de bonos impresos, algunos de los cuales -como los de La Bernalesa- cotizan incluso en los mercados alternativos de los Estados Unidos.

Los bienes y servicios que se ofrecen en el trueque son de lo más variados e incluyen por supuesto a la psicoterapia. Este verano, en el trueque del Faro de Punta Mogotes, conocí varios profesionales, casi todos analistas de reconocido prestigio en el ámbito de Mar del Plata, que atienden pacientes por este sistema. Sus honorarios, que oscilan entre los 25 y los 50 créditos por sesión son tan dignos como accesibles en los tiempos que corren. Estos créditos son canjeados luego por una gama que va desde frutas y verduras hasta clases de inglés, servicios todos ellos provistos por personas que integran a su vez el sistema.

Esto genera toda una estética del trueque, la cual debe ser distinguida de la mera permuta y del canje directo. En la primera, se trata del intercambio de objetos de la misma especie; en el segundo, la transacción instala una relación dual entre los propios agentes prestatarios, como en los casos del techista y de la dueña de la agencia de viajes. La cultura del trueque, en cambio, introduce una mediación -el valor simbólico del dinero representado por el sistema de crédito -la cual no está desprovista de valor terapéu- tico a la hora de establecer las condiciones del encuadre.

Se podrían establecer otras cuestiones operativas de carácter particular, pero en última instancia el destino de un análisis se juega en la dimensión singular. Allí el riesgo mayor es siempre la potencial vacilación en la posición de neutralidad del terapeuta, que arriesga sacar provecho particular del síntoma del paciente. Cuando ello ocurre se pervierte la relación terapéutica, tornándola de explotación. [3] Como lo evidencian los conflictivos ejemplos arriba presentados, en pacientes con características psicopáticas, pródigos, o que atraviesan por estados maníacos, el trueque puede ser claramente contraindicado.

La cultura del trueque debe ser reconocida como modalidad terapéutica ya que hace a la subjetividad de la época. Su condena en nombre de una ética abstracta carece de todo sentido. Los sistemas morales, así como los estéticos -el trueque tiene elementos de ambos- son el soporte particular de la subsistencia humana. Pero tal como lo estableció Alejandro Ariel, la ética supone la entrada de un orden suplementario, la dimensión existencial de la especie humana. [4]

Parafraseando, diremos que si de moral comemos todos los días, no sólo de moral vive el hombre. Podemos convenir en que el inconsciente no se somete a la lógica de la dolarización, la pesificación, los patacones o los Lecop, y que será otra la dimensión en la que el analista aloje su apuesta. Pero así como su acto no buscará garantías en la generalización de la cultura del trueque, tampoco la condenará para eximirse de su responsabilidad de escucha en tiempos de crisis.



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