Investigación
Sobre el Acto de Discriminar

Juan Jorge Michel Fariña

En el rico idioma español no debe haber otro término cuyas acepciones sean tan antitéticas como el que motiva este comentario. En efecto, se dice "luchar contra la discriminación", o más fuerte aún, "discriminar es negar en el otro la condición humana", otorgándole así a la acción de discriminar un carácter claramente negativo, algo que debemos erradicar de nuestras prácticas.

En el ámbito de la psicología, en cambio, es común decir de un paciente grave, que "carece de la capacidad para discriminar", o calificar determinadas conductas o juicios como "indiscriminados", dándole así al acto de discriminar un sentido positivo, una actitud deseable que debemos promover entre los seres humanos.

Como es evidente, el carácter positivo que adopta el término en esta última acepción se contradice con el que se le otorga en la primera. ¿Cuál es entonces el "verdadero" sentido de “discriminar”?

Según el clásico diccionario de Joan Corominas, el origen del término se remonta al vocablo latino cernere, cuyo significado original era "separar", “distinguir". De allí proviene el término cerner, que significa "separar con el cedazo la harina del salvado y otras materias suti- les". Posteriormente apareció el cultismo discernir, que data de la segunda mitad del siglo XV y que significa "distinguir", "separar mentalmente", tomado del latín discernere. La serie se sigue de la siguiente manera: discernere, discernimiento, discreto, discrecional, discriminare.

Por otro lado, el término inglés discrimination, que posee la misma raíz y sentido, reconoce sin embargo como americanismo las acepciones de "parcialidad" y "favoritismo", que aceptadas también en español, dan al término "discriminación" el sentido negativo antes mencionado.

En síntesis, ambas acepciones son correctas. El conflicto surge del vocablo mismo, cuyos usos oscilan, sin distinguirlo, entre el carácter positivo dado por la etimología y el negativo con que se lo generaliza luego.

Esto lleva a equívocos recurrentes. Una noticia aparecida en un diario de Buenos Aires nos ilustra sobre ello. En un colegio secundario se produjo una vacante para el cargo de profesor de Historia. Como es de rigor, para cubrirlo, se convocó al docente que correspondía según el orden de mérito. Cuando esta persona se presenta a tomar el cargo, las autoridades del colegio se percatan de que es no vidente. Ni bien se hace cargo de sus funciones, el nuevo profesor solicita colaboración en aquellas tareas que no puede realizar debido a su discapacidad -llenar planillas, pasar lista, etc. Las autoridades, que no lo quieren como docente de la institución, encuentran la excusa perfecta, y lo dejan cesante argumentando falta de personal.

El docente se queja por la injusticia de la que ha sido víctima, utilizando la conoci- da fórmula “me están discriminando". Pero las autoridades replican con el slogan “no lo estamos discriminando, sino que lo tratamos como a uno más, exigiéndole lo mismo que al resto de los docentes”.

Existen también ejemplos en los que el lenguaje cotidiano hace gala de una distinción más fina, aunque no siempre saque lecciones de ello. Cuando en las crónicas deportivas se hace referencia a que la policía “reprimió indiscriminadamente’, se quiere significar que careció de discernimiento y castigó por igual, sin distinciones, a culpables e inocentes.

Intentando saldar la cuestión, los psicólogos norteamericanos, en su Código de Etica, utilizan la fórmula "unjust discrimination" para referirse a las situaciones en las que el acto discriminatorio toma carácter negativo. Así lo entendimos cuando tradujimos un pasaje de dicho código como: "Los psicólogos (...) no participan ni consienten prácticas discriminatorias injustas". Algunos lectores, sorprendidos, nos interpelaron: ¿cómo "discriminación injusta"; es que existe acaso una discriminación que pueda considerarse justa?

Si se toma la acepción etimológica de "discernir", el acto de discriminar es esencialmente "justo", es decir, deseable. El horario de protección al menor sería un ejemplo claro de ello: se distingue -discrimina- el estadio evolutivo del niño, que le impide simbolizar determinados estímulos -violentos, sexuales-, los cuales podrían suponer carácter traumático. Es evidente que al hacerlo, al discernir esta cuestión separando al niño del televisor, lejos de generar un perjuicio al menor, se busca preservarlo de tales efectos traumáticos.

A la inversa, el concepto de "discriminación social", se reserva para los casos en los que la acción discriminatoria adopta carácter negativo, o injusto. Ejemplo clásico de ello es la segregación de grupos humanos en razón de su raza, religión, lengua, orientación sexual, discapacidad, condición socioeconómica, etc. La enumeración busca alertar respecto de la injusticia que subyace a dicho menoscabo y promover acciones destinadas a suprimirla.

Se puede extraer por lo tanto una lección teórica de estos usos antitéticos del término "discriminar".

Diremos que entre la discriminación en sentido positivo y la discriminación en sentido negativo, existe una relación inversamente proporcional. Cuanta mayor capacidad para discriminar -en el sentido positivo o simbólico- tenga un sujeto, más preservado estará de llevar adelante acciones discriminatorias en el sentido negativo o injusto.

Correlativamente, será el sujeto con escasa capacidad de discernimiento el que más fácilmente caerá preso en la lógica de la discriminación social. El racista, por ejemplo, no reconoce simbólicamente las diferencias, sino que las imaginariza. Si la visión del diferente lo descompensa al punto del odio o la repulsa, es justamente por su escasa capacidad para discriminar. Al ser pobre para las distinciones finas, la presencia del semejante siempre lo excede en complejidad, despertando en él un renovado apetito paranoide.

Finalmente, es el poeta con su sabiduría quien nos ofrece las claves más preciadas de la cuestión. Si de algo se queja Discépolo en su tango célebre es de la falta de discriminación que reina en el cambalache. La Biblia junto al calefón devino así una fórmula emblemática.

El más universal de los libros igualado a un objeto estrafalario rápidamente reemplazado por el termotanque, representa el borramiento particularista de las diferencias sustanciales.



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